La transformación técnico-económica en curso, entre otros factores, hace imposible el restablecimiento de una situación de pleno empleo. Por ello, es preciso animar un proyecto político de transformación social que permita redistribuir el trabajo, con una reducción o una intermitencia del tiempo de trabajo y fórmulas de remuneración originales y de intercambio que permitan salir de la sociedad salarial y superar el capitalismo. Ese proyecto político es, al tiempo, evolución cultural en busca del pleno desarrollo de las personas.

Hace dos años a los expertos de la OCDE se les encargó la misión de responder a la pregunta siguiente: ¿Los países industrializados han entrado en una nueva era que obligará a sus gobiernos a revisar de manera radical sus ideas acerca de los medios para alcanzar un casi pleno empleo? Al cabo de un año de reflexión los expertos se habían dividido en dos grupos irreconciliables: por un lado, aquellos a quienes se ha dado en llamar los «economistas»; por otro, los «tecnólogos».

Para los «economistas» la revolución técnica actual —llamada «informacional» o «microelectrónica»— no es fundamentalmente diferente de las revoluciones técnicas anteriores, a las que el mundo capitalista ha sabido adaptarse siempre. Todas han acabado engendrando más empleos de los que suprimían, y lo mismo ocurrirá esta vez siempre que no se obstaculice el libre juego de las leyes del mercado.

Para los «tecnólogos», por el contrario, la economía mundial experimenta un cambio sin precedentes. La revolución informacional y la mundialización de los intercambios están en vías de alumbrar un nuevo tipo de sociedad en los países industriales avanzados, en la que «los empleos tradicionales, estables y a tiempo completo» van sencillamente a desaparecer. Según Jean-Claude Paye, secretario general de la OCDE, en los años venideros la industria podría no emplear más que el 2% de la población activa, y la agricultura el 1%.

En las recomendaciones que finalmente ha hecho llegar la OCDE al acabar la primavera de 1994, a los gobiernos de sus veinticuatro países miembros, no hay ninguna alusión a la oposición entre «economistas» y «tecnólogos». Los primeros, partidarios en su mayoría de las tesis neoliberales y monetaristas, han cerrado el debate imponiendo sus puntos de vista. Pero no han convencido. Por el contrario, a lo largo de 1993 y 1994 sus tesis han sido contestadas con más fuerza que nunca, particularmente en diarios americanos como el Wall Street Journal, el New York Times e incluso Time.

Mucho antes que la prensa europea, estas publicaciones han llamado la atención sobre la rapidez de una evolución que parece confirmar la tesis de los «tecnólogos» y que cuestiona profundamente las ideas todavía predominantes entre los economistas sobre las razones y la naturaleza del paro y sobre los medios y la posibilidad de combatirlo.

Re-engineering

Descrita en varios reportajes por el Wall Street Journal, la evolución actual consiste en combinar un nivel cada vez más elevado de informatización y de robotización con un nuevo modelo de organización que permite la máxima flexibilidad en la gestión de los efectivos. Difundido por sus inventores americanos bajo el nombre de re-engineering [re-ingeniería] , este nuevo modelo de organización permite asegurar un mismo volumen de producción con la mitad del capital y de un 40 a un 80% menos de asalariados. De los 90 millones de empleos que suministra el sector privado a los Estados Unidos, 25 millones podrían ser suprimidos. En Alemania, 9 millones de empleos sobre un total de 33 desaparecerían «si las técnicas y los métodos más avanzados fuesen aplicados en todos los lugares donde fuese posible». La tasa de paro alemana alcanzaría entonces el 38%. El Boston Consulting Group (BCG), por su parte, estima que la industria alemana tiene reservas de productividad del 30 al 40% y un excedente de 2’5 millones de asalariados, mientras que las reservas de productividad de las administraciones y servicios llegarían hasta el 50%.

Por tanto, ya no se podrá contar con los servicios para absorber la fuerza de trabajo eliminada por la industria. Y tampoco se podrá seguir explicando el paro por las dos razones principales que invocan la mayoría de las veces los economistas clásicos: la falta de cualificación de la mano de obra y los salarios demasiado elevados de los trabajadores no cualificados. Ya no es principalmente mano de obra no cualificada lo que las empresas eliminan desde 1991. En la actualidad, entre los parados alemanes hay cerca de un millón de obreros cualificados y 75.000 ingenieros, economistas de empresa, físicos y químicos, la mayoría de los cuales tiene menos de 35 años de edad. Entre las personas cualificadas el paro se ha triplicado en dos años y ha aumentado más rápidamente que la tasa de paro total. El 75% de los diplomados de las universidades alemanas sólo encuentran trabajo poco o nada cualificado. En Francia el 25% de los nuevos parados registrados en 1992 y 1993 ha hecho al menos dos años de estudios superiores, el 50% tiene al menos el bachillerato.

La situación no es diferente en Estados Unidos y Gran Bretaña. Según el Departamento de Trabajo de los Estados Unidos, hay que prever que «el 30% del flujo anual de graduados desde ahora hasta el año 2005 va a moverse entre el paro y el subempleo». Sobre un total de 35 millones de empleos creados en los Estados Unidos de 1972 a 1993, 34 millones son empleos de servicios, la mitad de los cuales han sido creados en bares y restaurantes. La restauración y el comercio al por menor representan conjuntamente el 45% de la totalidad de los empleos americanos.

Dos evidencias se deducen de esta evolución. En primer lugar, la esfera de la producción capitalista emplea un volumen cada vez menor de trabajo para producir un volumen creciente de riquezas. Tal esfera ya no está al alcance de una proporción creciente de la fuerza de trabajo, cualquiera que sea la cualificación de ésta. En segundo lugar, por tanto, sólo pueden crearse empleos suplementarios a través de la redistribución y el reparto de los empleos existentes, por una parte, y a través del desarrollo, por otra, de actividades situadas fuera de la esfera capitalista y que no tengan como condición la valorización de un capital. Pero la forma del empleo asalariado, es decir del trabajo mercancía, tiene pocas posibilidades de convenir al desarrollo de estas actividades. Volveremos sobre el tema.

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