Los estudios hoy llamados de Género se inician en la región a fines de la década de los 70 impulsados, sobre todo, por la emergencia de grupos feministas y por el apoyo de diversas fundaciones internacionales interesadas en promover la igualdad de oportunidades para las mujeres. En los años 90 las prioridades de las agencias de Desarrollo como la AID, La CEPAL y el Banco Mundial, dieron nuevo impulso a estos temas cuando definieron como prácticamente estratégico enfocar a la población femenina como parte de su programa de combate a la pobreza.

Lo que caracteriza, en mi opinión, a la producción de género en el área sudamericana es su fuerte conexión con el movimiento feminista que a su vez está muy ligado al trabajo de ONGS dedicadas a la advocacy y a la promoción de la mujer y con el diseño de políticas públicas orientadas a la población femenina y al combate a la pobreza.

Ello ha permitido que se acumule un importante bagaje de diagnósticos y análisis sobre la situación de la mujer y de las relaciones de género en la región. Sin embargo, sus trabajos son muy dependientes de los proyectos estatales o de las prioridades de las fundaciones o agencias de desarrollo que financian a las organizaciones no gubernamentales. Ello afecta tanto la agenda de investigaciones como la posibilidad de avanzar en la sistematización y teorización de los datos obtenidos.

En términos teóricos el trabajo de las académicas y académicos de la región es muy actualizado y refinado pero constituye aplicaciones de teorías planteadas principalmente en Europa y EEUU. No obstante, a diferencia de estos últimos que se concentraron en áreas tales como la filosofía, la literatura y los estudios culturales, en el ámbito sudamericano los estudios de género han tenido un impacto importante en las ciencias sociales. De hecho, a partir de la década de los ochenta y sobre todo durante los noventa, han proliferado los programas de estudios de género ubicados mayoritariamente en facultades de Ciencias Sociales. Ello se debería a la necesidad de responder a la demanda de técnicos de desarrollo y expertos en políticas públicas con una formación en esta área.

Género, desarrollo y grupos locales

En este aspecto, la investigación se concentró en el diagnóstico de la situación de la población femenina con la finalidad incluir esta información en el diseño de políticas públicas y programas de apoyo a las poblaciones desfavorecidas en temas tales como educación, salud reproductiva violencia familiar, trabajo, estrategias de supervivencia y combate a la pobreza.

Un aspecto en el cual los científicos y científicas sociales trabajando con temas de género han sido particularmente exitosos es en el diseño de programas de promoción y autoayuda destinados a las mujeres. A pesar de que se trata de esfuerzos puntuales y difíciles de evaluar, veinte años después son evidentes los efectos de la difusión del discurso sobre los derechos de la mujer en diversos aspectos de la vida de las mujeres, tanto en el medio rural como en el urbano. Los más importantes serían, el conocimiento de sus derechos y de las acciones para defenderlos o usarlos y el cuestionamiento critico de los privilegios masculinos en el hogar. Todavía está pendiente un trabajo sistemático de evaluación de estos cambios en la identidad y autoestima femenina, en su relación con sus cuerpos y su sexualidad y en las relaciones de género en el hogar y en las esferas laboral y política.

Economía y política

Los trabajos de las dos décadas pasadas realizaron un intento serio y sistemático de caracterizar el lugar de la población femenina en la vida política económica y social. Hasta mediados de los noventa, la gran mayoría de las publicaciones sobre las mujeres se orientaba a mostrar la situación de las campesinas, obreras y pobladoras para hacer evidente su situación de subordinación, tanto en cuanto a la escasa valoración de su aporte a la economía doméstica, como en cuanto a su restringido acceso a los espacios públicos y a la toma de decisiones.

No obstante, existen análisis sistemáticos de las consecuencias de las transformaciones de los sistemas económicos y políticos durante el siglo XX en la situación de la mujer y en las relaciones de género (Deere y Leal 1981). Estos se concentran prioritariamente en los efectos de los cambios en la estructura agraria de la región en la economía doméstica y en la división sexual del trabajo; en el impacto del ajuste estructural y de la globalización de la economía en las relaciones de género ( Roldán 1985, Gonzáles de la Rocha 1989, Fernández Kelly 1992, Arango 1998) y, en las poblaciones desplazadas por la violencia política y la forma en que las relaciones de género intervienen en estos procesos (Coral 1994, Maertens 2000).

Como es sabido, esta segunda mitad del siglo ha visto cambios radicales en la estructura agraria de la región tales como la masiva migración del campo a la ciudad y la creciente transformación de los dos sistemas predominantes hasta entonces, -la parcela campesina destinada a la producción de subsistencia y el sistema de haciendas-. Diversos estudios analizan el impacto de la penetración de capitales mercantiles en la economía campesina y en la división del trabajo en la unidad doméstica. Asimismo, se muestra el efecto que tuvo la transformación de las haciendas tradicionales del siglo XIX en modernas empresas comerciales sobre el régimen laboral de los varones y la situación de la mujer. Por ejemplo la expansión del capitalismo moderno en el norte del Perú (Deere y Leal 1981) que conduce a que los varones se ausenten de sus parcelas para trabajar como obreros estacionales en los complejos agroindustriales estuvo acompañado por cambios sustantivos en el status de la mujer en la familia, en su participación en el gobierno de la comunidad y en su régimen laboral.

En lo referente a los efectos de la reestructuración económica de los años 80 y 90, los análisis de género muestran que la reestructuración de la economía en busca de mayor rendimiento bajando los salarios descansa en buena medida en la habilidad de las mujeres para arreglárselas y llevar a cabo estrategias de supervivencia para sus familias, utilizando su trabajo no remunerado -tal como participar en comedores populares- para absorber los efectos adversos de las políticas de ajuste estructural.

Diversos trabajos en la región (Roldán 1985, Fernández Kelly 1992, Gonzáles de la Rocha 1989) han llamado la atención sobre la relación entre la globalización económica y la flexibilización del trabajo femenino (Arango 1998). Estos señalan que las mujeres son adecuadas a los requerimientos del trabajo flexible porque su trabajo se considera marginal y como ellas tienen que lidiar con las exigencias de las tareas domesticas y el trabajo fuera, están mas dispuestas a aceptar empleos de tiempo parcial o a destajo.

Finalmente, la violencia que caracterizó a países andinos como Perú, Colombia y Guatemala ha incentivado los análisis sobre el impacto del desplazamiento de poblaciones en las mujeres y en las relaciones entre los géneros. En la actualidad este es un tema especialmente relevante en Colombia y en los países receptores de refugiados tales como Venezuela, Ecuador y Perú donde es importante enfocar los procesos de reconstrucción social de los desplazados y la forma en que el las relaciones de género intervienen en estos proceso (Coral, 1994, Maertens 2000).

Movimientos políticos

Probablemente el tema donde más se ha contribuido con análisis originales sobre la problemática de género ha sido en el referente a la caracterización y debate sobre las implicancias para la teoría feminista de los movimientos de mujeres que surgieron en países sudamericanos como Argentina, Bolivia Chile y Ecuador. La exitosa de movilización de las mujeres latinoamericanas como madres, tanto en grupos de combate a las dictaduras militares como en barrios urbanos, presentaron desarrollos peculiares debido a su capacidad de movilizar a la población femenina y al gran impacto que alcanzaron a tener sobre la política estatal. Por otro lado, han sido el semillero para la producción de líderes locales y para la difusión de la problemática de género entre la población femenina.

Estos movimientos han sido interpretados por algunos autores como una alternativa al modelo masculino de ciudadanía. Ellos sugieren que se estaría creando una ciudadanía colectiva que recupera los valores femeninos, y que está rompiendo el rígido límite entre lo público y lo privado que enclaustró a la mujeres en la esfera doméstica. Sin embargo, diversas expertas (Feijoo 1993, Perelli 1993 y Barrig 1994) llaman la atención sobre el hecho de que estas prácticas políticas (Jelin 1994) utilizan el tradicional argumento marianista de la superioridad moral de las mujeres y se fundan en preocupaciones privadas. Ello podría reducir la política a una pose moral y cancelar peligrosamente la noción de la política en tanto expresión del bien común de la nación.

A su vez las implicancias políticas de la proliferación de organizaciones populares de mujeres en torno a la gestión de comedores populares y programas de desayuno escolar generaron un fuerte debate dentro de las ciencias sociales peruanas. Algunas autoras encontraron que estos programas eran un espacio donde las mujeres se estaban convirtiendo en actoras políticas (Blondet 1994). Mientras que otros (Grandón 1990 y Barrig 1993), sostuvieron que las organizaciones de autoayuda eran, de hecho, estrategias de supervivencia que se apoyaban en un conjunto de soluciones temporales aunque finalmente falsas porque resuelve los problemas inmediatos pero la causa de esos problemas se ignoraba” (Barrig 1993:27). Por otro lado el hecho de que los recursos gestionados provinieran de donaciones canalizadas a través del estado propicia la formación de lazos de clientela política que pueden ser manipulados con fines electorales. El caso de la utilización de los clubes de mujeres en las recientes elecciones peruanas son una demostración de los peligros señalados.

Clase, raza y etnicidad

El análisis de la articulación entre el dominio de género y la subordinación racial y de género ha sido particularmente importante para entender ciertas características de las sociedades latinoamericanas tales como la exacerbación de la doble moral sexual y del culto a la virilidad. Esto se debería a que son países que se fundan en la conquista y donde las razas vencidas, o traídas del Africa en condición de esclavas constituyen un segmento importante o la mayoría de la población. Las diferencias étnicas y raciales habrían intensificado el control sobre la sexualidad de las mujeres y habrían abierto a los varones la posibilidad de relacionarse con las mujeres de acuerdo a diferentes racionalidades y códigos morales. Mientras que las mujeres del propio grupo son sacralizadas como esposas y madres, las de los grupos subordinados se asocian al dominio (Paz 1958, Stolke, Verena, Palma Milagros, 1990, Palma Norman 1990, Mannarelli 1994, Fuller 1994). Es decir ciertas peculiaridades históricas y culturales de las sociedades latinoamericanas hacen urgente analizar el entronque de género, raza y etnicidad para entender los sistemas de género y la organización social de estas sociedades.

Identidades de Género

Una línea importante de trabajo es aquella que analiza y problematiza la vigencia de la doble moral y de la maternidad para entender como se constituyen las identidades de género entre las poblaciones urbanas (Fuller 1993, Gysling y Benavente, 1996, Gysling et alter 1998, Olavarría, 1999, Quintana 1999, Valdés Gysling y Benavente 1999). Ahora bien estos estudios, a diferencia de los que intentan identificar los rasgos específicos de las identidades de género en estas sociedades realizan un esfuerzo sistemático de enmarcarlas dentro del contexto de los cambios derivados de la modernización económica, urbanización y creciente individuación de los sujetos (Valdés 1988, Fuller 1993, Gysling 1996).

De ahí que se enfatice la articulación entre identidad de femenina y cambios en los discursos y costumbres sexuales, democratización de la familia e ingreso de las mujeres a la educación formal, al mercado de trabajo y a la vida política. Por ejemplo, diversos estudios observan que el modelo femenino centrado en la maternidad empieza a verse devaluada y que aparecen nuevas demandas tales como la necesidad de insertarse en el espacio público a través de los estudios superiores y al mercado e trabajo (Valdés 1988, Fuller 1993, Gysling, 1996).

No obstante entre las rurales y nativas el panorama es diferente. Aunque existen cambios profundos en las relaciones de género debido a la penetración de la economía de mercado y del despoblamiento del campo, estas transformaciones tienden a profundizar el predominio masculino y la asociación entre femineidad y pobreza. De este modo se observa una tendencia a la profundización del abismo social no sólo entre varones y mujeres sino entre la población femenina urbana y la rural.

Los sistemas de género locales

La gran heterogeneidad de tradiciones culturales y poblaciones que conviven en esta región ha sido una fuente constante de debate entre quienes enfocan la diferencia y quienes privilegian la importancia de la lucha por los derechos de las mujeres. Así, existe una tensión entre la tendencia a entender a las poblaciones marcadas por un origen étnico o racial como unidades culturales que siguen una lógica propia y aquella que busca comprenderlos dentro de procesos mayores y que acentúa el impacto de cambios a nivel político social y económico en las relaciones de género.

Durante los años 70 en los países latinoamericanos con numerosa población indígena como Bolivia, Ecuador, Perú, Guatemala y México, grupos feministas que promovían el desarrollo de las mujeres a través de ONGs, se encontraron enfrentadas a Organizaciones de mujeres que tenían un fuerte compromiso con movimientos de clase o étnico-culturales. Para estas mujeres, las contradicciones centrales no eran entre hombres y mujeres, sino entre grupos dominantes y dominados en sus sociedades.

De su lado las estudiosas y estudiosos de las culturas locales argumentaban (Nuñez del Prado 1972-75, Ossio 1980, Isbell 1972) que la cosmovisión de las sociedades andinas y amazónicas lo masculino y lo femenino serían categorías complementarias y no jerarquizadas. Además la complementariedad en los roles de hombres y mujeres implicarían equidad en el poder y la ausencia de participación de las mujeres en espacios públicos sería un rasgo cultural propio que no anula el poder de decisión que tienen las mujeres para asuntos de orden público y privado. Así, numerosas etnografías muestran que hombres y mujeres no solamente comparten, sino que permutan las responsabilidades en el trabajo agrícola e inclusive en el trabajo doméstico.

Sin embargo, este enfoque pecaba de un culturismo extremo y dejaba de lado el hecho de que los sistemas de género andinos son más amplios que la unidad conyugal, ellos comprenden circuitos de intercambio de bienes, redes laborales, expresiones rituales y relaciones políticas. En todos esos campos las mujeres están notoriamente subordinadas o ausentes. Ellas no participan en las asambleas comunales, en el sistema de autoridades ni en los trabajos colectivos como miembros plenos. Incluso las representaciones de género no son necesariamente simétricas. Los grupos de trabajo y los rituales mixtos acentúan la fragilidad femenina y la fortaleza masculina. En otros casos, las deidades femeninas como la Pachamama son representadas como ambivalentes y potencialmente peligrosas (Harris 1988). Así, la complementariedad es un ideal que no explica todas las relaciones de género en la sociedad Andina. Estas últimas deben entenderse dentro de sistemas complejos que cambian contextualmente y no pueden ser explicados a través de un sólo factor o ámbito institucional.

Por otro lado, las comunidades nativas amazónicas han sido tratadas como laboratorios para entender a los sistemas de género debido a que en ellas la división sexual del trabajo no explica el control masculino sobre las mujeres porque ellas están a cargo de la mayoría de las actividades productivas. En cambio, el matrimonio es una institución crucial para explicar el control que tienen los varones sobre la vida política porque las relaciones dentro del grupo son definidas de acuerdo a los derechos y obligaciones que adquieren los varones a través de su matrimonio con las mujeres (Anderson 1985).

No obstante, estas reconstrucciones a menudo son elaboraciones teóricas sobre la base de sociedades que en la práctica están insertas dentro de sociedades nacionales. Diversos estudios que examinan de manera crítica el impacto de la economía de mercado, de las instituciones estatales y de los organismos de desarrollo en las comunidades nativas y, en particular, en la vida de las mujeres, muestran que ellas inciden decisivamente en las relaciones de género ya que alteran la división sexual del trabajo y tienden a marginar a las mujeres porque las instituciones nacionales, por lo general, privilegian el trato con la población masculina.

Ahora bien, estas dos posiciones se mueven entre dos extremos que acentúan bien la diferencia, bien las similitudes de la condición femenina. Un intento de superar este impase insiste en que aún cuando las culturas locales presentan particularidades, existe una larga tradición de convivencia de estos grupos con la sociedad nacional y por lo tanto es urgente entender la compleja articulación de las líneas de clase, raza, etnicidad y género para entenderlas de manera que no se las esencialice ni se ignore su derecho a la diferencia.

Giros recientes: la crítica al sesgo ginecocéntrico

En la década de los noventa los avances en los estudios de género ha evidenciado que enfocar preferentemente a la población femenina ha producido efectos perversos tanto en la teoría como en la acción. En el aspecto práctico, los programas de apoyo a las poblaciones más desfavorecidas tienden a oponer y enfrentar a mujeres y varones que, en la práctica tienen un proyecto familiar conjunto y necesitan del aporte de ambos para enfrentar la pobreza. En términos teóricos, tiende a asimilar el género a lo femenino y no enfatiza debidamente el hecho de que las relaciones de género son un eje que ordena la vida social y como tal su análisis debe ser aplicado a todos sus miembros

Por otro lado, la epidemia de SIDA y los efectos que la revolución sexual y demográfica son problemas que necesitan atención urgente. Esto llevó a que los últimos diez años se hayan visto marcados por la emergencia de los estudios sobre masculinidad e identidades sexuales alternativas (Parker 1991, Cáceres 1998).

En la actualidad se pueden distinguir dos vertientes, una que intenta balancear invertir el sesgo ginecocéntrico de los estudios de género y se concentra en el estudio de la sexualidad, las prácticas reproductivas masculinas y la emergencia de los identidades gays y queer y, una segunda, mas vertida a la comprensión de las identidades masculinas locales y los cambios en cursos debido a la modificación de las relaciones de género (Parker 1998, Fuller 1997 1998, Valdés y Olavarría 1998, Viveros 1997 1998).

En conclusión, los estudios de género en la región sudamericana se insertan dentro de la tradición iniciada a fines de los sesenta en Europa y EEUU. Ellos están marcados por la propuesta del movimiento de liberación de la mujer y por la agenda de las agencias de desarrollo y las fundaciones que apoyan los estudios sobre la condición femenina. Por ello, una de sus características mas importantes es la articulación entre los temas que estudia y el diseño de políticas públicas y estrategias de desarrollo local.

Los tópicos que priorizan tales como la caracterización de los movimientos de mujeres, los cambios en las relaciones de género, la tipificación de los sistemas de género locales y los estudios sobre masculinidades constituyen aportes relevantes a la comprensión de las relaciones de género en la región. En mi opinión estamos listos para emprender trabajos de envergadura regional que nos permitan entender de manera mas fina nuestras similitudes y particularidades y contribuir al avance de la teoría general. Para ello sería necesario independizar en alguna medida la investigación de las agendas política y de desarrollo. No estoy abogando por un divorcio entre ellas, por el contrario, pienso que existen réditos positivos en nuestra articulación con las necesidades políticas y concretas de las mujeres y los varones. Lo que sería necesario es fortalecer la presencia de una capa de investigación que trabaje a mediano y largo plazo, menos sometida a presiones inmediatas y a la agenda de las fundaciones y agencias de desarrollo.

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